domingo, 4 de septiembre de 2011

El limbo de los veintitantos

Hace  apenas un mes que avancé a otra etapa de mi vida, esa etapa en la que te vuelves profesionista y empiezas tu camino por el mundo laboral. El cambio si bien lo esperaba no ha sido del todo grato, y es que para un joven malcriado y ocioso de 23 años permanecer 12 horas en una oficina es un martirio. No digo que no me guste trabajar sino que quizá no me toco el mejor ambiente o las mejores condiciones de trabajo, pero seré paciente y esperaré con el fin de adaptarme y obtener un poco más de experiencia.

A este tropezado comienzo laboral lo acompañó un alejamiento de mis amigos, que debo decirlo los aprecio mucho, y que a falta de alguna compañía femenina solían ser mis distractores o compañeros de juerga. Afortunadamente algunos fines de semana nos podemos ver y pasar ratos agradables y de calidad.

Este último fin de semana asistí al festejo de cumpleaños de la amiga de una amiga (jajaja aunque suene chistoso), esta cumpleañera en cuestión tiene 24 (yo estoy al borde de ellos) y actualmente vive con su prometido, (colega mio) de 27 años y aproximadamente en  7 meses se casan. El ir a su casa y verla perfectamente amueblada y con los planes de boda totalmente en curso, me puso a pensar en lo rápido que pasa la vida y en las muchas cosas que deseo hacer. Es ridículo pensar que estoy viejo, pero de cierta forma si me intimidó el hecho de ver  a dos amigos jóvenes profesionistas preparando su boda. Actualmente no tengo novia, y probablemente si la necesite, a veces la soledad puede ser muy cruel, pero realmente no me imagino casado a los 27 o 28, y el hecho de pensar que esta boda desencadené la boda de más y más amigos me hace sentir con más fuerza el hecho de que ya no soy para nada un niño y que la vida me dice a gritos que madure. 

Teniendo demasiados planes en la vida, el hecho de pensar que apenas empieza mi independencia económica (y con un hambre de consumismo ja) y aun más sumando que deseo hacer una maestría, me hace contar los años futuros de mi vida de uno en uno por segundo, y eso me atemoriza aun más. Ese miedo de crecer y sentir que no haz hecho nada, el tiempo a veces te cura pero otras tantas te golpea. 

¿Acaso sólo me pasa a mi? ¿O es que todos los jóvenes de veintitantos atravesamos por ese limbo de incertidumbre entre la parrandez y ocio universitario y la incierta vida de adulto?

viernes, 29 de abril de 2011

La muerte que acecha.

                Tiene mucho tiempo que no redacto nada, y pues realmente lo que deseo hacer son videos pues escribo más rápido de lo que hablo. Esta vez, escribo especialmente gracias a que afortunada o desafortunadamente falleció un familiar, y digo afortunadamente no porque me dé gusto su deceso, sino porque cierta forma un apersona muy enferma y de varios años de edad encuentra en la muerte el descanso eterno que algún día nos llegará a todos.

                Este evento me puso a pensar y analizar muchas cosas, para empezar, la muerte son esas cosas que sabes que existen y que pasan, pero que nunca la planeas o esperas, a menos que te suicides o estés desahuciado, pero incluso teniendo un enfermedad de gravedad y con el peor diagnóstico, nadie puede asegurar el tiempo de vida que alguien tiene.
                Todo el tiempo nos la vivimos haciendo planes, planes para el futuro, para lo que haremos en la noche o cuando lleguemos a casa, pero ese futuro, esa noche y esa casa puede que no sea nuestro destino y quizá la muerte se atraviese entre nosotros.

                Lo más doloroso, cuando muere alguien (y eso lo pienso yo, no lo afirmo), no es cuando te enteras, es cuando asimilas que no volverás a ver jamás a esa persona, y que la última vez que la viste no fue ni lo más especial y ni lo más esplendido que pudiste haber esperado. Entonces aunque suene como un tonto cliché pues es verdad que debemos aprovechar a nuestros seres queridos y demostrarles nuestro afecto en vida.
                Un idea que no comparto es la de esos grandes velorios en lo que la gente toma café, come pan, toma alcohol, y platica y ríe en memoria u honor de la persona fallecida. Una persona una vez que muere, eso es un muerto. Y aunque sea una cortesía darle el pésame a la persona o personas directamente afectadas, por cada abrazo y pésame recibido es un recordatorio de que su ser querido está muerto. Los muertos no escuchan, no hablan y mucho menos observan lo que hacemos.

                Muy difícilmente puede cualquier persona sentir por lo que la otra persona está pasando. Lo mejor que se puede hacer en estos casos, es decirle a la persona que tiene todo tu apoyo para superar el duelo que acaba de empezar.